DESPOJADA DE MORDAZAS
DESPOJADA DE MORDAZAS
I
No creían en mi despedida final.
Creyeron que las amarras invisibles
Con que durante más de cuarenta años
Me mantuvieron asfixiada.
Creyeron que me dejarían.
Atrapada hasta la muerte.
II
Pero se equivocaron.
Creyeron en una huida.
No quise fatigarme.
En decirles las verdades escondidas.
Decidí despojarme de todo.
Ellos creyeron en una huida
Nadie supo que fueron las heridas
El acoso indiferente de garras intrusas
Y el hielo cortante de palabras insolentes
Pero yo no les dije nada.
III
Preparé el asunto con el método de serios cálculos
Y de meticulosos papeleos
Que no dejarían ningún trazo de una vida.
Hecha de sufrimiento, traiciones y risotadas groseras.
Desprecio y silencios.
IV
Ellas gritaron, rieron…
Pero yo les di la espalda.
Y junté mis pocas pertenencias.
Y preparé todo en silencio.
Sin miedo
Acostumbrada a luchar sola
No temí lo desconocido.
Ese miedo que en la vejez todo ser humano siente.
Yo enterré con mi Madre el miedo.
Se desvaneció la angustia en el momento de perderla.
Y su asesinato fortaleció mi cuerpo y mi alma.
Cuando espiando su respirar suave y lento
Yo me decía para mí, siempre sola,
Con mis solos pensamientos
Sin decirle nada a nadie
Que sin ella, me sería imposible seguir viviendo.
IV
Y yo espiaba su respiración al apuntar el alba.
Para saber si seguía con vida aún otro día.
Otra semana, otro mes.
Y otros años
Compartiendo en silencio mi vida.
Acompañándome cada minuto como en mi infancia.
Esperándome por la tarde pegada a la ventana.
Luego de mis prolongadas ausencias
Dejándola sola por ganar en esclavitud permanente.
Esos miserables francos inciertos
Y sumida día a día en
El permanente vejamen del desprecio
Por enseñar el subjuntivo
Los poemas de poetas españoles
Y los ensayos significativos
Destinados a generaciones desprovistas
de juicio y de pensamiento
De tantos jóvenes ignorantes.
V
Decidí sin dificultad que debía juntar mis pertenencias.
Y rechazar el pasado inscrito en pruebas.
Porque el pasado invisible quedaría grabado en mi cerebro.
Aunque me pidan pruebas
Yo les diré que he rasgado.
El pasado sangrante
Con una daga afilada.
VI
Ya no hay pruebas.
Destruí sin reparo.
Páginas y documentos amarillentos
Dejando vacíos mis armarios
Dejando vacíos los cajones.
Desapareciendo años de resguardo de trazos
Y de testimonios del sufrimiento
que dejaban las pruebas de una vida llena de deberes
De tareas agobiantes
De procesos obligados.
VII
Ellas creyeron en una huida.
Nadie supo que yo decidí respirar.
El viento de gigantescas avenidas
Ellas creyeron
Lo que sus mentes vacías ignoran
Lo que nadie sospecha y que solo yo sé.
VIII
Para saberlo sería preciso
Comprender lo inexplicable
Ese mensaje imperioso del destino
Que llama y que se desinteresa de tu esfuerzo.
Y qué indiferente, sin ayudarte en nada.
Solo te obliga a obedecer a su llamado.
IX
Decidí partir.
Desaté las esposas que herían.
Con su amarra brutal, mis puños.
Dejando mis manos entumecidas
Queriendo impedirme pintar y escribir.
X
Junté con esmero mis pocas pertenencias.
El viaje debía ser ligero, rápido y decidido.
Partí con el paso rápido.
Dejando todo sin mirar el asfalto grisáceo.
La respiración contenida
En el último desgarro que da una tierra inhóspita
de caminos estériles
Donde te dicen que nada es tuyo.
Donde al final
Toda tu vida
Has vivido de « prestado».
Me fui con el sabor amargo del desprecio.
Con el ansia de recogerme en un nuevo hogar.
Aunque restringido y austero.
Porque las ciudades tienen un sabor.
Un perfume, una cadencia.
XI
Caminaré por calles desconocidas y soñadas.
El llamado del destino era un grito ahogado.
Pero nadie sabe lo que me ha dicho el destino.
Nadie sospecha las verdades escondidas.
Me desprendí de la asfixia.
Desaté las amarras de mis puños.
Vacié cajones y armarios.
Rasgué documentos inservibles.
Mis labios recogieron el soplo del viento.
Aspirando ansiosa el sabor de la ciudad.
Una vez liberada del desprecio para siempre.
Dejé de ser una mujer amordazada.
XII
La premonición se hizo verdad.
Contada en suspiros, miradas, palabras.
Y esos ecos lejanos de antiguas generaciones enterradas
Me verán llegar al final de las etapas cumplidas.
Para crear esta la última
¡Sí, la última que decide no regalársela a Nadie!
No, no la regalo a nadie.
Esta última etapa es la mía.
Nadie me atará mis puños.
Para impedirme escribir y pintar.
Nadie me dejará atrapada en mentiras.
Nadie me acosará de calumnias y delitos.
Nadie nunca más
Podrá dejarme inerte y asfixiada.
Nadie me impedirá vivir libre.
La última etapa del ciclo de la vida.
XIII
Es por eso que rasgué con una daga.
El pasado de esta tierra inhospitalaria
Hecha de caminos estériles
De voces mentirosas
Donde te dicen que nada es tuyo.
Y que todo lo que has vivido es prestado.
Junté mis pocas pertenencias.
Y cerré puertas y ventanas.
Que se acaparen de una estancia vacía.
Que se acaparen del vacío y de mi desprecio.
Yo estaré ya volando hacia vientos helados.
Hacia nuevos acentos
Hacia un espacio sideral
Cobijándomelos en la última etapa de mi ciclo.
Ya no habrá ni siquiera el recuerdo.
Y en un abrazo, el saludo de bienvenida será el comienzo.
De la última etapa de mi ciclo que se termina.
Pero que yo decidí que sería el mío.
Y esa última etapa no se la doy a Nadie porque… ¡Es mía!
Carmen Florence GAZMURI-CHERNIAK
NADEZHDA





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